Sombras de la Maternidad

Maternidad

Nadie te habla sobre las sombras de la maternidad. Cierto. En el tren, una mujer me contaba: me considero una mala madre porque no  he cubierto todas mis expectativas. Mi abuela fue una mujer sufridora,  paciente, mi madre abnegada y dócil. Detesto que esas cualidades sean las que definan la maternidad. Lucho por mantener mi condición de mujer, de persona, por encima de la de ser madre.

Ella tenía un hijo de tres años y otro que venía de camino. Sus palabras reflejaban la lucha titánica que mantenía consigo misma entre la construcción social y personal de ser una buena madre y la realidad de la misma cargada de luces y sombras. En ocasiones, demasiadas sombras.

Hablaba moviendo nerviosamente las manos, sin dejar de tocar su ondulado pelo negro. Lo que peor llevaba era el silencio ante amigos o familiares. No podía ni quería hablar de ello con nadie de su mundo cercano. Temía contarle sus pensamientos a su pareja; si él lo supiera, decía, me miraría como un monstruo.

Yo era una extraña a la que nunca volvería a ver, pero ¿y los otros?, ¿qué pensarían los demás si la escucharan? Vivía entre el deseo, el inmenso amor que sentía por su hijo y el rechazo al mismo por el tiempo absorbido, el cansancio y una extraña  insatisfacción que se había apoderado de ella.  Ese agotamiento mental, esa dependencia emocional, intensa, paralizante,  abrumadora,  suponía una pérdida de identidad personal en favor del nuevo rol asumido.

Jane Lazarre, poetisa y ensayista,  lo expresa así: “Temblarán y temblaré mientras nos saludamos, y haremos algún comentario sobre el tiempo y algún otro sobre el bebé, y ninguno sobre nuestros maridos, que no volverán hasta que oscurezca para ayudarnos con los niños mojados, fríos, malhumorados, y tampoco ningún comentario sobre nosotras. Para unas y para otras, para los niños pequeños y para los padres ausentes, somos madres. Soy la madre de Benjamin y en breve le daré los buenos días a la madre de Matthew”.

Creo que esa contradicción la hemos experimentado en algún que otro momento, aunque no nos atreviéramos a hablar de ello. Una especie de dulzor insípido y a veces ácido. La escritora A. Rich lo refleja de esta forma.

“Mis hijos me causan el sufrimiento más exquisito que haya experimentado nunca. Se trata del sufrimiento de la ambivalencia: la alternancia mortal entre el resentimiento amargo y los nervios crecientes y salvajes, y la gratificación y la ternura más felices…”, Adrienne Rich,

Cuando la mujer del tren se despidió de mí, no dijo su nombre, me pidió que no le hiciera caso, solo necesitaba liberarse del desasosiego que siente entre lo que se espera y lo que vive por dentro. Sonreí y le dije que en algún momento de nuestra existencias todas hemos sentido lo mismo. ¿Y por qué no lo cuentan? Contestó alzando la voz. Levanté los hombros y callé.  No había una respuesta. Se marchó y me estrechó la mano antes de decirme adiós.

Viéndola marchar a paso lento tirando de su maleta azul, pensé que muchas madres viven y han vivido como la mujer del tren, sobreviviendo a esta montaña rusa de luces y sombras que es la maternidad.

Creo que debemos abrir un poco nuestra alma de madre y mostrar los claros y oscuros del devenir de las horas, aunque tan solo sea para ayudar a otras mujeres a sentirse como lo que son, lo que somos, seres complejos cargados de nubes y sol. Un gran sol.

Os dejo este magnífico reportaje sobre los claro oscuros del ser padre y madre.

 

http://www.rtve.es/alacarta/videos/documentos-tv/documentos-tv-caras-maternidad/1615306/

 

 

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