Libros que tejen historias de Comadronas

“Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”. Emily Dickinson.

Hoy voy a presentarte dos libros, dos épocas, dos  protagonistas y decenas de historias que llevan dentro. Historias alegres, crudas, increíbles, tristes y sobre todo, reales. Ambos tratan de mujeres que ayudan a mujeres en sus embarazos, partos y crianza. Aunque  entre ambos media la distancia que marca una  zona rural (Nueva Escocia) o una gran ciudad (Londres), ambas tienen en común el mismo sentimiento; tender la mano para  proteger y ayudar a las madres.

Te dejo la sinopsis de ambos libros. Creo que te encantaran.

Llama a la comadrona (Call the Midwife) describe las experiencias de Jennifer Worth como matrona en la Inglaterra más deprimida del siglo XX. Todo un éxito de ventas, llevada a la televisión por la BBC. Historias de matronas, comadronas

A mediados del siglo pasado, la vida en el East End de Londres era tan dura que una chica de veintidós años necesitaba agallas y humor para soportarla y comprender qué se escondía detrás del rostro maquillado de una prostituta o la chulería de un ladrón. Cuando la joven enfermera Jenny Lee llega a la Casa Nonnatus, no sabe que es un convento; allí ha sido enviada para completar su formación como enfermera y especializarse en la profesión de comadrona.

Bajo la mirada experimentada y humana de las religiosas que gobiernan el convento, Jenny y sus tres colegas Cynthia, Trixie y Chummy traerán al mundo cientos de niños con gran entrega y humildad. Su trabajo se desarrolla en un barrio y una ciudad marcada por las cicatrices de la guerra: edificios bombardeados, basura, parásitos y pestilencia. En estas condiciones, las comadronas harán su trabajo, ayudando a muchas mujeres, todas pobres, como Conchita Warren, una española madre de 25 niños, que se lleva estupendamente con su marido inglés aunque no puedan hablar, pues el uno no entiende el idioma del otro y viceversa… Poco a poco la vida de Jenny se verá repleta de sentido, humanidad y empatía por los demás. Si Dickens nos dejó un testimonio de las paupérrimas condiciones de los niños condenados a trabajar en las fábricas del Londres finisecular, Jennifer Worth nos revela, con la misma humanidad, las necesidades de miles de mujeres en una época no tan lejana.

La casa de la lunaLa casa de la Luna  La casa de la luna fue número 1 en Canadá, y ganadora de tres premios CBA Libris.

Nueva Escocia, inicios del siglo xx. Dora Rare es la primera mujer en su familia después de cinco generaciones de hijos varones. Muy pronto Marie Babineau, la vieja partera de la zona, verá en ella signos de un don especial, y con el tiempo la muchacha irá entrando en el mundo de la anciana y de las mujeres; un mundo de embarazos no siempre deseados, remedios antiguos y oraciones, infusiones y milagros… La primera vez que Dora siente el palpitar de un recién nacido en sus brazos sabe que la fuerza de la vida la ha arrastrado sin remedio, y ya no tiene elección. De la mano de Marie aprenderá los secretos y los peligros de este oficio maravilloso.

La construcción de un nuevo centro de maternidad, en el que se promete a las mujeres dar a luz sin dolor y en unas condiciones modernas e higiénicas, será un cambio para todo el mundo. Acusada de brujería y señalada por los hombres de su comunidad, Dora deberá emplear todas sus fuerzas para proteger la sabiduría que las mujeres han llevado siempre consigo.

La casa de la luna es un inolvidable relato sobre la lucha de las mujeres por mantener el control sobre sus propios cuerpos, y un canto para que custodien la llama de lo ancestral en un mundo cada vez más deshumanizado.

Prematuros. Historias Reales. El abrazo salvador

Prematuros, el abrazo curativo. Piel con piel

Recuerdo  aquel 17 de octubre de 1995,  amaneció lloviendo en la ciudad de Worcester (Massachusetts). El tiempo olía a otoño y a hojas caídas. Ese día me asignaron en la unidad de cuidados intensivos neonatal. Trajeron a dos hermanas gemelas de tan sólo 28 semanas de gestación. Kyrie de 980 grs y Brielle de 900 grs. Colocamos a cada una de las niñas en una incubadora y comenzamos con los cuidados habituales. Por entonces todos los bebés nacidos de partos múltiples se mantenían separadas para prevenir infecciones. Terminé el turno y allí quedaron las pequeñas alejadas una de la otra a un par de metros de distancia.

Casualmente volví a esa unidad unas tres semanas más tarde. Allí seguían las gemelas, las hermanas Jackson.

Kyrie mantenía sus constantes estables, una curva de peso ascendente y un hermoso color sonrosado. Sin embargo su hermana apenas ganaba peso, presentaba dificultad respiratoria, problemas cardiacos y una coloración pálida que no gustaba a nadie.

Sabíamos que el estado de la Brielle era bastante frágil. Los doctores no  daban muchas, por no decir ninguna, esperanzas de vida a esa niña.

De repente la pequeña Brielle empeoró. Parece que estoy viendo el rostro de la madre, Heidi, asustada con las manos en la cara, contemplando a su hija. Su bebe respiraba con dificultad, inspiraciones profundas e irregulares, gasping. Los niveles de oxígeno descendían de forma alarmante, los músculos se contraían,  una taquicardia grave disparó la alarma de la incubadora. ¡Por favor haga algo! Suplicaba la madre.

Empecé a aspirarle, apenas había secreciones. Comprobé el pulxiosimetro que medía el oxígeno en sangre, funcionaba correctamente. Los bracitos de la niña y sus delgadas piernecillas iban tomando un preocupante color azulado, cianótico. Aumente el nivel de oxígeno en la incubadora. Nada. Nada. ¿Qué hago? Me preguntaba sin cesar. De pronto, recordé las palabras de un compañero hablándome de una práctica común en Europa, desconocida en América. Poner juntos a los hermanos, los prematuros, en la misma incubadora compartiendo la misma manta.

Pero yo estaba sola. La supervisora había salido a una conferencia. No podía tomar decisiones de ese calibre sin consultarlo. Me arriesgué. Había que estar allí viendo el llanto de la madre convencida de la inminente muerte de su hija. Entonces  le ofrecí esa única idea.

─Déjame intentar poner a Brielle con su hermana para ver si eso ayuda ─dije en un intento exasperado─. ¡No sé qué más puedo hacer!

Movió la cabeza de arriba a abajo. Tomé a la pequeña con cuidado y la  deposité junto a su gemela. Acurrucada. Bajé la puerta de la incubadora transparente y nos quedamos mirando.

No salía de mi asombro. El cambio fue inmediato. La pequeña se calmó enseguida, relajada junto al calor de su hermana. La madre me abrazo. Contemplaba asombrada los niveles de saturación de oxígeno. ¡Un 100%! El corazón se estabilizó y su cuerpecito fue tomando poco a poco el dulce color sonrosado de su hermana Kyrie.

Al día siguiente una compañera al coger el turno de la mañana descubrió el pequeño milagro. Esta magnífica fotografía, la instantánea que ha dado la vuelta al mundo. Por la noche mientras todos dormían Kyrie abrazó a su hermana Brielle con su abrazo salvador.

Curiosamente la conferencia a la que había asistido la supervisora era sobre el Co-bedding, que consistía en poner a los prematuros juntos en la misma cama.  Cuando al día siguiente contempló la maravillosa escena de las gemelas se sorprendió gratamente. En ese instante todas supimos que esa práctica formaría parte de los protocolos desde esa misma mañana.

Han pasado muchos años. Sigo pensando en ellas. Hoy son dos hermosas adolescentes que no se han separado la una de la otra ni un solo día de sus vidas.

Gayle Kasparian  

PD._ Partiendo de la noticia que dio la vuelta al mundo y de un reportaje en la Tv americana http://www.hlntv.com/video/2013/02/22/rescue-hug-babies-17yrs-later, he puesto voz a Gayle Kasparian, la enfermera que logró el milagro.

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