Familiares y padres en el parto. Guerra y Paz

 

Familia, Partos


Elefante Nikolai Zinoviev

Sucede a veces que se discute porque no se llega a comprender lo que pretende demostrar nuestro interlocutor”.

León Tolstói

Tres de la madrugada del mes de septiembre. Ana está de parto acompañada de su marido. Ambos esperan su primer hijo emocionados, felices. Sentada en la pelota azul, la futura madre  respira tranquila y confiada hasta que  llega la celadora. Al parecer los padres y suegros se encuentran fuera, esperando ansiosos y reclamando información de cómo va el parto.

Ambos se miran, ella cierra los ojos, él respira fuerte con la boca cerrada. El marido molesto habla de su enfado.

−Dijimos que les avisaríamos cuando naciera el bebé. Debían esperar en casa. El parto es cosa nuestra, de mi mujer y mía. ¿Por qué han venido? –se levanta de la silla y comienza a caminar por la habitación destemplada.  Mira a la celadora−. Dígales que está bien y que recuerden lo que les dijimos: Cuando nazca, lo sabrán.

¿Chantaje emocional, presión familiar, manipulación afectiva? o tal vez  creencias sociales personalidades dominantes, costumbres, roles… Un batiburrillo de todo esto.

La mujer que va a parir debe centrarse en su parto, su esfuerzo, su calma, su momento. Por lo general, cuando la familia espera fuera, ella está más preocupada por los que aguardan impacientes que por su propio proceso o por su pareja.

El resto del parto de Ana  transcurrió más o menos bien, entre miradas y palabras referidas a los abuelos, dejando que las tibias horas de la madrugada dilataran la espera.

Sucedió que los abuelos llamaron a la pareja, la abuela llamaba constantemente, y al  comprobar que los móviles se hallaban apagados,  imaginaron lo que estaba sucediendo y corrieron la voz. Después, el camino previsto,  subieron al hospital, comprobaron que la hija se hallaba ingresada en paritorio y esperaron sentados desde la dos de la madrugada.

Un velo incómodo y molesto cayó sobre los futuros padres desde que la celadora apareció. A veces el marido miraba el móvil que tenían en la repisa blanca, junto a la pared, sin decir nada.

A veces la mujer insistía con voz débil para que saliera fuera a informar. Resistieron hasta las ocho de la mañana cuando salió el padre, presionado por su esposa, a los pocos minutos de nacer el bebé.

Ante madres/suegras controladoras, obsesivas, acaparadoras, las hijas se sienten presionadas, coaccionadas, débiles. Al final ceden. Ceden por piedad,  condescendencia, por complacer la voz de la sangre, por obligación, por debilidad.  Y además cede la mujer. Creo que en el fondo de todo ceden para mantener un equilibrio entre ella, su pareja y  los familiares. Un frágil equilibrio entre la guerra y la  paz.

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