La increible mirada de un Recién Nacido

La mirada de un recién nacido

La mirada de un recién nacido

Reconozcámoslo, hay algo mágico, conmovedor, milagroso en esa primera mirada, en los ojos  de un recién nacido en sus primeros minutos de vida.

A pesar de haberlo visto miles de veces, me sigue provocando la misma ternura y asombro que al resto de compañeros.  Esa mirada contiene, estoy convencida,  el misterio del ser humano.

Un bebé mira a quien lo mira con una intensidad y fijeza tal que fascina a aquel que lo ve. Esos ojos claros o gris azulado que lloran sin lágrimas son el centro de atención de todos.

Expresiones como: si parece que está mirando o tiene los ojos abiertos y parece que mira, son expresadas por el padre o la abuela de la criatura. La madre, sin embargo, parece no sorprenderse, como si ella supiera ya muchas cosas de su pequeño,

Recién llegado al mundo, sus ojos abiertos cómo platos establecen contacto visual a una distancia más o menos de 25 cm. La distancia que media entre el pecho y los ojos de su madre.

Permanece alerta un par de horas, las necesarias para agarrar el pecho y contactar por fuera con esa piel que él ha vivido por dentro, percibir  el fantástico ritmo del corazón de quien lo transportaba y, por fin, oír  esa voz que escuchó siempre atenuada a través del líquido amniótico.

A los ojos de su madre es donde dirige su primera mirada. Es el periodo de alerta tranquila, con la mirada brillante, escasos movimientos y la atención puesta en la fuente de estímulos.

Resumiendo, hoy se puede afirmar que un recién nacido:

  • Reacciona a estímulos luminosos y es capaz de seguir un objeto cercano (20-30 cm) con la mirada.
  • Detecta los colores brillantes, en especial el rojo.
  • Ve muy bien a un palmo, palmo y medio de distancia, la distancia que existe desde el bebé cuando está mamando hasta la cara de su madre.
  • Distingue entre la luz y la oscuridad
  • Prefieren las imágenes redondeadas, como los rostros humanos, a las formas geométricas.
  • Si les miramos, fijan su mirada en la nuestra.
  • Pueden imitar nuestra expresión facial
  • Le atrae el contraste areola-seno
  • Le gustan los rostros sonrientes.

Esas miradas que una madre o un padre intercambian con sus hijos recién nacidos son necesarias. Se ha descrito que los padres que cambian miradas con el bebé en el posparto inmediato, las dos primeras horas de vida, son mejor reconocidos por el bebé al cabo de un mes.

Ya lo decía Shakespeare:  “Las palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada es el lenguaje del corazón”.

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Síndrome de Couvade. El embarazo de papá

«Sufrimos o nos deleitamos en función de sentimientos reales. En sentido estricto, las emociones son exterioridades»

     Antonio Damasio

 imagesPapa está embarazado también, en su cabeza, para que mamá no se sienta sola. Es la respuesta que da el pequeño Samuel cuando su abuela pregunta: ¿Qué le pasa a tu padre?

La buena señora se muestra preocupada. En este embarazo, su yerno no para de vomitar, igual que su hija hace un par de semanas. Pronto cumplirá cuatro meses y no entiende lo de ese hombre. A veces presenta  náuseas, antojos alimenticios, se levanta de madrugada para comer, tiene calambres, está más gordo y, para colmo de males, hoy está tirado en el sofá con un ataque de ciática. Increíble.

Unos minutos después, la futura abuela se siente más tranquila. Su hija le ha explicado que su marido sufre lo que se conoce como Síndrome de Couvade, algo inocuo y pasajero. Aliviada, respira tranquila.

Curiosamente es más frecuente de lo que se cree. Entre un 20 y un 70% de hombres presentan este síndrome. Llamado así, Couvade, que significa incubar o criar, del francés “couver”

El síndrome de Couvade es más frecuente en padres primerizos y suele manifestarse  hacia el final del primer trimestre de gestación de su pareja, o bien en los últimos meses del embarazo.

¿Causas de esta gestación empática? Se mezclan varias teorías: respuesta de adaptación al nuevo rol social, envidia por la capacidad de gestar o solidaridad inconsciente hacia su compañera.

Lo cierto es que este cuadro de síntomas somatizan la ansiedad frente a los cambios previstos, siendo capaces de alterar  los niveles  hormonales en el hombre. Aparecen cambios en testosterona,  cortisol y prolactina. Se cree que dichas alteraciones están inducidas por las feromonas que secreta la embarazada, para favorecer conductas de protección y cuidado hacia su familia.

Un estudio reveló que los padres que habían experimentado el síndrome de Couvade respondían más rápidamente al llanto del  bebé. Probablemente inducido por el aumento de prolactina que presentaban estos hombres.

¿Qué hacer?

Comunicarse con la pareja, mostrar los miedos, las dudas y sobre todo tener en cuenta al compañero en todas las decisiones que se tomen, respecto al   embarazo, parto y crianza. No suele requerir tratamiento psicológico. Un poco de comprensión y paciencia suavizaran las conductas anómalas. Por supuesto, lo último que se recomienda es bromear o ridiculizar al desconcertado varón que no comprende que le está pasando.

Todos estos síntomas desaparecen tras el nacimiento del pequeño, formando parte del cuadro anecdótico que luego podrán, papá y mamá, contar.

http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3628883/

Libros. Laura Gutman

Psicologia perinatal Laura Gutman

¿Quién es Laura Gutman?

Laura Gutman es una terapeuta familiar y escritora. Dirige en Buenos Aires un Centro de capacitación profesional y un equipo de personas que atienden a madres y padres. Ha publicado varios libros sobre maternidad, paternidad, vínculos primarios, desamparo emocional y adicciones . Sus libros, su escuela de formadores, sus conferencias, vídeos y  sus ideas sobre maternaje   son todo un referente en este campo maravilloso e incierto a la vez.

 Os presento una relación de las principales obras de esta escritora y terapeuta y un enlace a su blog que seguro os resultará muy útil. Sigue leyendo

Prematuros. Historias Reales. El abrazo salvador

Prematuros, el abrazo curativo. Piel con piel

Recuerdo  aquel 17 de octubre de 1995,  amaneció lloviendo en la ciudad de Worcester (Massachusetts). El tiempo olía a otoño y a hojas caídas. Ese día me asignaron en la unidad de cuidados intensivos neonatal. Trajeron a dos hermanas gemelas de tan sólo 28 semanas de gestación. Kyrie de 980 grs y Brielle de 900 grs. Colocamos a cada una de las niñas en una incubadora y comenzamos con los cuidados habituales. Por entonces todos los bebés nacidos de partos múltiples se mantenían separadas para prevenir infecciones. Terminé el turno y allí quedaron las pequeñas alejadas una de la otra a un par de metros de distancia.

Casualmente volví a esa unidad unas tres semanas más tarde. Allí seguían las gemelas, las hermanas Jackson.

Kyrie mantenía sus constantes estables, una curva de peso ascendente y un hermoso color sonrosado. Sin embargo su hermana apenas ganaba peso, presentaba dificultad respiratoria, problemas cardiacos y una coloración pálida que no gustaba a nadie.

Sabíamos que el estado de la Brielle era bastante frágil. Los doctores no  daban muchas, por no decir ninguna, esperanzas de vida a esa niña.

De repente la pequeña Brielle empeoró. Parece que estoy viendo el rostro de la madre, Heidi, asustada con las manos en la cara, contemplando a su hija. Su bebe respiraba con dificultad, inspiraciones profundas e irregulares, gasping. Los niveles de oxígeno descendían de forma alarmante, los músculos se contraían,  una taquicardia grave disparó la alarma de la incubadora. ¡Por favor haga algo! Suplicaba la madre.

Empecé a aspirarle, apenas había secreciones. Comprobé el pulxiosimetro que medía el oxígeno en sangre, funcionaba correctamente. Los bracitos de la niña y sus delgadas piernecillas iban tomando un preocupante color azulado, cianótico. Aumente el nivel de oxígeno en la incubadora. Nada. Nada. ¿Qué hago? Me preguntaba sin cesar. De pronto, recordé las palabras de un compañero hablándome de una práctica común en Europa, desconocida en América. Poner juntos a los hermanos, los prematuros, en la misma incubadora compartiendo la misma manta.

Pero yo estaba sola. La supervisora había salido a una conferencia. No podía tomar decisiones de ese calibre sin consultarlo. Me arriesgué. Había que estar allí viendo el llanto de la madre convencida de la inminente muerte de su hija. Entonces  le ofrecí esa única idea.

─Déjame intentar poner a Brielle con su hermana para ver si eso ayuda ─dije en un intento exasperado─. ¡No sé qué más puedo hacer!

Movió la cabeza de arriba a abajo. Tomé a la pequeña con cuidado y la  deposité junto a su gemela. Acurrucada. Bajé la puerta de la incubadora transparente y nos quedamos mirando.

No salía de mi asombro. El cambio fue inmediato. La pequeña se calmó enseguida, relajada junto al calor de su hermana. La madre me abrazo. Contemplaba asombrada los niveles de saturación de oxígeno. ¡Un 100%! El corazón se estabilizó y su cuerpecito fue tomando poco a poco el dulce color sonrosado de su hermana Kyrie.

Al día siguiente una compañera al coger el turno de la mañana descubrió el pequeño milagro. Esta magnífica fotografía, la instantánea que ha dado la vuelta al mundo. Por la noche mientras todos dormían Kyrie abrazó a su hermana Brielle con su abrazo salvador.

Curiosamente la conferencia a la que había asistido la supervisora era sobre el Co-bedding, que consistía en poner a los prematuros juntos en la misma cama.  Cuando al día siguiente contempló la maravillosa escena de las gemelas se sorprendió gratamente. En ese instante todas supimos que esa práctica formaría parte de los protocolos desde esa misma mañana.

Han pasado muchos años. Sigo pensando en ellas. Hoy son dos hermosas adolescentes que no se han separado la una de la otra ni un solo día de sus vidas.

Gayle Kasparian  

PD._ Partiendo de la noticia que dio la vuelta al mundo y de un reportaje en la Tv americana http://www.hlntv.com/video/2013/02/22/rescue-hug-babies-17yrs-later, he puesto voz a Gayle Kasparian, la enfermera que logró el milagro.

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Lactar o no Lactar. Esa es la cuestión

 Dudas Lactancia artificial, materna, naturalDar el pecho o no darlo  

Algunos días, cuando salgo de una habitación tras hablar con la futura madre, tengo la sensación de hallarme dentro de un escenario. En mitad de una obra de teatro. Cómo si contemplará de cerca a un personaje de la literatura universal haciendo su papel.

─¿Vas a darle el pecho a tu hijo?

─Me gustaría…, pero no sé.

─¿Por qué dices no sé?

─Depende  si tengo leche o no

─Todas las mujeres tienen leche. Lo extraño sería lo contrario.

─A lo mejor no es buena.

─Tú leche es buena, todas las leches de una madre alimentan mejor que las artificiales.

─Bueno, sí… quizás

─La leche materna es el mejor alimento para tu bebé.

─Eso dicen…

─Y tú ¿qué dices?

─No sé…

─Seguro que has pensado en ello durante el embarazo. Dime.

─Si

─Entonces,  ¿Vas a darle el pecho?

─Sí… No. ¡Uf! ¿Tengo que decirlo ahora?

Por supuesto ella no podía decidirlo ahora. Está ampliamente demostrado  que la decisión de lactar se toma en el embarazo. Y esta mujer, desinformada, desconocía todo lo referente a las innumerables ventajas de esta práctica.

Previsible. En la ciudad a la que pertenece su centro de salud, Almería,  las matronas brillan por su ausencia. Entonces, ¿Quién la iba a asesorar?

Los minutos fueron pasando, las horas también. Terminó el parto y  el bebé hizo un agarre espontáneo perfecto, desde el primer momento, ya sabéis: boca bien abierta, labios revertidos (hacia afuera)   lengua debajo del pezón y nariz y barbilla tocando el pecho. ¡De libro!

Una hora después de contemplar ese maravilloso agarre, me llamó:

─Quiero que me dé un biberón.

─Tu hijo está mamando. ¿Para qué lo quieres?

─No tengo leche, el pecho esta vacío.

─Tienes calostro. Si tuvieras leche, leche, serías un bicho raro. Créeme.

─Sí, pero no saca nada.

Conseguí vencer su resistencia, sembrada de si, no, quizás, puede… no más allá del tiempo que tardará en llegar a planta y pedir un biberón.

Hamlet o la eterna duda. La idea de que nada es real a excepción de lo que se halla en la mente de la persona, sigue presente. Convencer a alguien de una decisión errónea en este tema es tarea de titanes. Aun así hay que seguir intentándolo en espera de que  las cosas cambien poco a poco. Quizás si añadimos a las innumerables ventajas conocidas, que la lactancia materna aumenta el nivel intelectual del niño, las madres se animen a llevarlo a cabo. ojalá.

http://www.elmundo.es/elmundosalud/2013/07/29/psiquiatriainfantil/1375111470.html

Un mar de dudas. Ser madre

 

“Una llega a ser madre sin haberse preparado para serlo”

Victoria Camps

 

ser madre, maternidad, miedos, temores

Loreto está embarazada de su primer hijo. Se siente perdida ojeando revistas plagadas de consejos y buenas intenciones. Faltan unas semanas para conocer al pequeño Pablo y no para de sudar a pesar del aire acondicionado de la librería. Camina despacio con las manos en la espalda, incómoda, molesta. Junto a las escaleras, un estante con diez títulos sobre madres, crianza, miedos, soluciones… desamparo.

Lo que más le asombra es esa fachada de mamás alegres que aparecen en las cubiertas, todas sonrientes, jóvenes, delgadas, guapas, atractivas. Ojea los libros y siguen y siguen  las fotografías, en color, de madres seguras, felices, niños rollizos y papas entregados. ¡Que escaparate tan irreal!

A pesar de las docenas de páginas de internet que ha consultado, las revistas de bebés que hay en su mesita y los libros prestados, ella se siente pérdida, insegura. Si el exceso de información es dañino para la salud social (Jose Mª Izquierdo) no digamos nada de la salud individual.

Lo cierto es que Loreto  duda entre comprar o salir corriendo para dejar de sentirse rara. No sabe que elegir, no sabe que pensar. Entre tanto llegan las palabras de su marido. Tan asustado como ella, no deja de darle ánimos constantemente. Sonríe. Sigue tu instinto de mujer, tu instinto maternal.  Son las palabras tibias, cariñosas que le lanza cuando la ve rodeada de  revistas. Loreto suspira pensando en él. Hombres. Deja los libros ojeados en la estantería  y se va.

¿Tengo yo instinto maternal? Se pregunta al atravesar la puerta. Recuerda a su compañero entregándole  esas dos palabras, como un salvavidas, a ese mar de dudas y miedos donde navega desde que está embarazada.

Instinto maternal. Para algunos una construcción social, para otros una secuencia comportamental de algunos mamíferos. Una especie de aprendizaje vicario (el que asimilamos por observación) que se aprende en la infancia.

Aunque en esto tengo mis dudas. Hace unos meses una ginecóloga embarazada expresaba su desconcierto porque ella no sentía el instinto maternal. No se veía de madre. Como si la maternidad fuera algo ajeno a su ser. La vi hace unos días, radiante, feliz,  pensando en volver a embarazarse ahora que su hija tiene tres meses. Recuerdo que las madres veteranas le animábamos a preguntarnos, a recabar información de suegra, cuñadas, hermanas, madre y como ella sonreía al decirnos; por supuesto que lo haré. Seguro que os llamo.

Una información masiva es inadecuada. El exceso de consejos abruma y desborda las expectativas de la madre.  Hemos pasado de buscar la ayuda sabia de la experiencia cercana de familiares, vecinas y amigas por montañas de páginas  que en ocasiones desorientan y confunden.

Es como si nos diera vergüenza preguntar, mostrar nuestro desconocimiento o cómo decía una gestante tras animarle a exponer sus dudas, es que son preguntas tontas.

Os animo a valorar el sentido común. Por muchos libros que leáis, decidir con sensatez con esa primera idea que os venga a la cabeza. A mí me vino bien, en su día, aceptar la  humildad de la inexperiencia para preguntar y convivir con las dudas como parte del proceso de ser madre. Si yo os contara… Recordad que todas y todos (hablo de  profesionales) hemos aprendido errando.